Bennu

Necesito ser derrotado cada día.

Cada hora
necesito olvidarme de mi nombre y del reloj,
necesito buscar siempre dos salidas, 
despertarme en otras camas,
tener siempre preparada la maleta,
dar otra vuelta a la tuerca, 
romper todas los jarrones del salón.

Necesito confesarte que te sueño, 
ser un íntimo deseo que imaginas cuando te quedas a solas en tu mundo de papel,
necesito ser el lirio en “el gran masturbador”,
enredarme con tu pelo,
perder pie y caerme en el vacío por querer tocar el Sol.

Necesito sonreír mientras me hundo,
dando vueltas,
en el más negro silencio.

Necesito despeinarme,
por favor.

Necesito sujetarme el pecho herido 
a la altura del lugar en que imagino un corazón.

Necesito desollarme las rodillas en el suelo,
cegar mis ojos con un llanto contenido, 
necesito que sentir tenga sentido 
y no encontrarme el equilibrio y la razón.

Necesito echarme al raso con la piel soñando el tacto 
de una tela que le sirva de caricia y armadura, 
necesito la locura del poeta,
no llegar nunca a la meta,
hospedarme en la amargura de una nota equivocada de trompeta,
no curarme las heridas y creer en el amor.

Necesito no saber cuando es ahora o es ayer,
olvidarme del paraguas, del sombrero y la cabeza
y morirme cada noche con el miedo y la certeza de que no despertaré. 

Necesito ser vencido por la vida y luchar eternamente en el bando perdedor.

A Mar

Me faltaba la voz, la notaba anudada en la garganta, y no supe que decir.

Sí.

Pretendí sacar del pecho algún quejido, un silbido que cruzase la frontera de mi cuello, que estallase en la barrera de un latido e inclinase una palabra a mi favor.

Perdí mi voz,
mi boca se llenó de arena.
Morí de amor
por un canto de sirena.

¡Sangre a babor!

¡Agua en las venas!

¿Para qué quiero el mástil
si ya he roto las cadenas?

Al lento oscilar
de las mareas,
llegó la noche,
envuelta en telas
perforadas por estrellas.

Tuvo piedad
y con su aliento
hizo girar esta ruleta.

No pudo más,
se echó llorar,
leyó en mis manos
las derrotas y las penas.

Me arrodillé
me así a sus piernas
perfilé un beso,
mojé los labios
con el filo de mi lengua,
henchí mi pecho
con la galerna, 
grité a los vientos,
¡Probad un poco de la sal que me envenena!

¡Miedo a estribor!

¡Tierra en las venas!

Cada suspiro es una vida de condena.  

Por perseguir una ilusión
perdí la voz y la inocencia.

Se oye un rumor…

Vendí mi alma por un canto de sirena.

O Solpor

No cabía tanto atardecer en mis pupilas.

La agonía de la luz confundía los colores en translúcida harmonía y, en el arco en que la tierra se besaba con el cielo, todo ardía.

Los ojos se inundaron de tristeza y despedida.

Se iba el día en destellos de belleza consumida por la noche, un derroche de color que se moría, una plácida derrota, una gota rebosando el horizonte, el silencio de una huida, una vida que se esconde en otra vida, el rescoldo de una hoguera, la utopía y la quimera de un dormir tan apacible. 

Una música imposible para el réquiem de una tarde.

No cabía tanto adiós en mi mirada, tanto miedo al que aferrarme y el  morir de tanta luz acabó por deslumbrarme.

Caer

​Todo gira lento. 

Observo mi brazo izquierdo 
en toda su longitud 
y pienso que es la distancia máxima 
a la que puedo alejarme de tu cuerpo.

Me da vértigo ir más atrás, 
más lejos. 
Temo perder el hilo de la conservación
y no saber volver. 
Temo verme ciego acariciando mi vacío.

Temo girar y girar, 
y caer hacia arriba, 
o hacia atrás 
en un atardecer eterno 
sin un retazo de piel 
al que poder asir mis manos.

Temo ahogarme en una eternidad 
inmensa e infinita, 
en una enormidad 
que no me quepa en los pulmones 
y deshacerme desde dentro.

Temo que no pueda alcanzarte
ni siquiera con los ojos, 
recorrer los caminos al revés, 
no ver tu luz 
y que te vuelvas ilusión y sueño.

Temo no saber volver. 

Mi brazo izquierdo, 
su longitud, 
esa distancia insuperable, 
sin marcha atrás, 
sin soledad, 
mi laberinto de Teseo.

Vencido

Puede que una noche, la luna llena ilumine el camino correcto a Ítaca, pero no será esta noche. Ni la próxima noche. 

Puede que llegue un tiempo en el que los vientos soplen favorables y llenen las telas de mi velero, y me empujen y pueda llamar a la puerta de mi casa. Pero no es éste el tiempo. Ni ese tiempo será mañana. 

Puede que todo sea un sueño alucinado en una noche de verano. Puede que despierte en mi catre, ahogado en sudor, con la ropa pegada al cuerpo. Pero no voy a despertar todavía. Aún no. No ahora. 

Y mientras, sólo respiro este aroma de mujer que me envenena y me consume. Y mientras, mis ásperas manos y mis anhelos primitivos se pierden entre las sedas vaporosas de las ropas de una diosa. Buscando la caricia de otra piel. Buscando la humedad de un centro. Un deseo como una sed irracional, como un morir de fiebre y miedo. 

Ya no puedo luchar más. Mis días de lucha terminaron en el vientre de un caballo de madera. 

Tan solo una cosa más antes de caer rendido y derrotado. Un último deseo de hombre enamorado,

Oh,Calipso! Oh, Diosa! Oh, Belleza!  Permite que te llame Penélope…

Traducción de la entrada de 8 de mayo de 2013 de mi blog  http://ventoafavorbitacoras.blogspot.com.es

O Luar

La noche se hizo lengua y precipicio,
la luna vino a mí, sedienta de sudor,
muerta de vicio.

Buscaba en mi cintura
el modo de romper la madrugada.
La luna vino al fin,
libre de dudas, 
besándome de frente, 
clavándome las uñas en la espalda.

Los abrazos se fueron ajustando, 
detalles de tallas y de excesos, 
fue todo tempestad, nada de calma,
miradas de ansiedad,
parpadeos discontinuos de los besos.

La noche se hizo danza y movimiento
la luna vino a verme,
y en su fuego
fui un ciego sentimiento,
un simple objeto que,
traidor al equilibrio,
alzaba el vuelo 
cayéndose de nuevo
hasta su ombligo,
sin más motivo
que deslizarse por sus curvas
derribando las señales de peligro.

Fui un enemigo del reloj,
un dios menor de la locura
adicto al sexo,
su única fuente de calor
y su alimento,
un arquitecto de la piel y las posturas
el fiel creyente de un amor
sin argumentos
ni envolturas,
su más humilde servidor,
el perdedor
que siempre pierde la cordura
en sus rincones y texturas, 
un escultor de la lujuria
que moldea,  con las manos temblorosas, 
su estructura.

La noche transpiraba,
la luna era aún más blanca sin su ropa,
después de vaciarme y de morir,
no quise desprenderme de su aroma
así que lamí, lamí, lamí,
cayendo en espiral al mono primigenio
volando a ras de piel, a flor de boca, 
igual que un Prometeo desatado, 
y pude amarla así,
tan lúbrica y tan loca,
con más profundidad, 
bordeando el centro, 
buscando respirar su soledad,  
quebrando el cielo 
pudiendo, al fin, morir de libertad, 
de azul intenso,
flotando en la mentira de las horas
y los sueños.

Más dura será la caída

A través de la palabra, la caricia, disfrazada de contacto, la distancia, atraviesa un corazón, casi dormido, y pregunto a la razón, 

¿Cómo he podido abrir la puerta a este otro yo desconocido?,

¿Por qué te invoco aquí a mi lado?,

¿Dónde está el rumbo equivocado en este mapa imaginario?,

¿Cuál es la suma que deshace las fronteras?, 

¿A cuánta altura hay que elevarse para poder jurar que vuelas?

Yo, aunque me duela, muy poco a poco, sigo subiendo esta escalera y, cada vez que miro abajo, alzo los brazos por alcanzar alguna estrella en ese cielo azul marino que se dibuja en mi cabeza.

Siesta estival

Recuerdo la tarde en que cerré los ojos, cansados de los ocres, carentes de caricias, de limpieza, de paisaje azul y verde. 

En las sienes, latidos asonantes, sudor plomizo de tormenta. En la piel las rojeces de unas piezas que no encajan, de unas piernas que atenazan y encadenan. 

Se atraganta el pan que no alimenta pero engorda, ensancha el hambre y revienta en las costuras de las manos, en las líneas que predicen un pasado de agujeros y espirales. 

Sueña el mono con posturas verticales, rompe el lomo y remeda al ser humano, dirigiendo con torpes ademanes una orquesta de ovaciones y gemidos de animales.

Ciego ya, carente de mirada, al trasluz, llora en rojo, nublando el horizonte de los párpados. El calor se descompone en agua y fuego resbalando por el borde de la cara y cae al cuello, y se hace sed en la voz y en la garganta.

Recuerdo que cerré los ojos una tarde y recuerdo mis pestañas atrapando el universo. También recuerdo oler el humo de mi hoguera, leña sucia que no arde, y el sonido del hervir de los colores de este sueño diluyéndose en el suelo.